UNA APROXIMACION A LA LITERATURA CARIBEÑA EN LENGUA INGLESA (I / III)

Ana Bringas López es Doctora en Filología Inglesa y Profesora titular del Departamento de Filología Inglesa de la Universidad de Vigo (Galicia, España), donde imparte clases de literatura en lengua inglesa.Su investigación se centra en la literatura escrita por mujeres y en las teorías feministas y poscoloniales. Sobre estos temas ha publicado diversos trabajos.
.Es integrante del Feminario de Investigación “Feminismos y Resistencias” de la Universidad de Vigo, en el marco del cual ha organizado diversos congresos internacionales, cursos, jornadas y seminarios sobre feminismo y poscolonialismo.
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Una aproximación a la literatura caribeña en lengua inglesa I/III
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Por Dra. Ana Bringas López
Universidad de Vigo (Galicia), España
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1. Contexto histórico y cultural
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El Caribe anglófono está integrado por catorce territorios, doce de los cuales pertenecen a la Commonwealth británica. Diez de estos territorios son insulares (Jamaica, Barbados, Trinidad y Tobago, Granada, Dominica, Santa Lucía, San Cristóbal y Nevis, San Vicente y las Granadinas, Antigua y Barbuda y las Bahamas) y solo dos se encuentran en el continente (Belice en América Central, y Guyana en Sudamérica).
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Hay que señalar que aún quedan algunos territorios bajo soberanía colonial británica, como las Islas Caimán, las Islas Turcas y Caicos, las Islas Vírgenes Británicas, Anguila, Bermuda y Montserrat.
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Al igual que sucedió en otras zonas de dominio colonial, hubo un gran número de potencias europeas involucradas en la conquista y dominación de la región caribeña: España, Inglaterra, Francia, Holanda y Dinamarca. No cabe duda de que esto ha traído una diversidad cultural y lingüística difícil de igualar, pero también ha alterado profundamente las relaciones entre los diferentes territorios, ya que los poderes coloniales europeos establecieron una división territorial en función de líneas político-lingüísticas muy bien marcadas.
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Esto provocó que las conexiones entre las diferentes islas quedaran restringidas casi en su totalidad a aquellas pertenecientes al mismo grupo lingüístico. Además, la fragmentación lingüística determinó también una identidad diferenciada y, de este modo, el Caribe de habla hispana posee una doble identidad —caribeña y latinoamericana— de la que carecen los territorios de habla inglesa, holandesa o francesa, todos ellos con una identidad esencialmente insular.
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El Caribe anglófono comparte con los países caribeños de cualquier expresión lingüística una historia común que hace del Caribe el territorio poscolonial que probablemente muestra de un modo más terrible las consecuencias de la colonización europea, ya que en esta región confluyen los aspectos más negativos del colonialismo. Tras el exterminio de la población nativa (arahuacos, taínos, caribes, entre otras tribus amerindias), llegó la explotación de seres humanos desplazados de su lugar de origen, mediante el comercio de mano de obra esclava africana. Más adelante, el sistema pseudoesclavista del trabajo por contrato llevó a las islas del Caribe a miles de personas de China y del Sudeste Asiático, sobre todo, aunque también a un gran número de personas de Portugal, Irlanda, Líbano, etc.
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De este modo, en la actualidad la práctica totalidad de la población caribeña, racialmente muy híbrida, se compone de gentes no originarias de la zona, quedando tan solo un pequeño grupo de nativos amerindios, casi siempre mezclados con la población africana.
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En el terreno político y económico, son también evidentes las consecuencias del proceso histórico de la colonización, ya que la región forma parte del denominado “tercer mundo”, con una economía de subdesarrollo y una situación política bastante complicada por lo general, en la que una independencia tardía ocasionó profundos conflictos sociales, corrupción administrativa, dictaduras militares y, en muchos casos, enfrentamientos civiles.
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Desde el punto de vista cultural, las sociedades caribeñas se caracterizan por su gran diversidad y por el sincretismo entre las diferentes culturas que las han ido configurando a lo largo de los siglos.
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Uno de los ámbitos en el que esto se hace más evidente es el de la religión, ya que las creencias religiosas africanas lograron sobrevivir en el Caribe gracias a la incorporación de manera sincrética de rasgos de las religiones cristianas europeas. Otro ejemplo destacado de sincretismo es el desarrollo de las lenguas criollas, que evolucionaron a partir del contacto entre las lenguas de África Occidental y las lenguas europeas (principalmente el inglés y, en menor medida, el francés) y que aún hoy en día, a pesar de la hegemonía del inglés, constituyen la lengua habitual de comunicación de la práctica totalidad de la población del Caribe anglófono.
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Desde el momento de la llegada de Cristóbal Colón a finales del siglo XV, las islas de las Antillas (denominadas West Indies en inglés) se concibieron como objetos de explotación más que como colonias de asentamiento. Su historia más temprana está dominada por el exterminio de las poblaciones nativas y por la feroz rivalidad naval entre las distintas potencias europeas.
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Con la introducción, a finales del siglo XVI, del sistema de plantaciones de azúcar, que utilizaba mano de obra esclava procedente de África, las sociedades caribeñas vieron deteriorarse aún más las relaciones entre los distintos grupos humanos que las habitaban. Este va a ser uno de los temas más prominentes de la literatura y, en general, de todas las manifestaciones artísticas caribeñas desde sus comienzos hasta la actualidad.La población europea del Caribe anglófono nunca se identificó como “caribeña”, sino que mantuvo siempre los ojos puestos en Gran Bretaña como modelo. No consideraban el Caribe como un lugar de asentamiento definitivo, al contrario de lo que ocurrió en las colonias norteamericanas.
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Este sentimiento de identidad confusa se hizo aún más intenso con la emancipación de la población esclava en 1838, ya que desde entonces los términos “caribeña” y “caribeño” (en inglés, West Indian) pasaron a agrupar conjuntamente a la población criolla —es decir, las personas de origen europeo—, a la población de color libre y a la ex esclava. Estos sentimientos neuróticos de necesidad por parte de las personas blancas de desvincularse de las gentes de color están en la base de un buen número de obras literarias, como The White Witch of Rosehall (1929) de H.G. de Lisser, o Wide Sargasso Sea (1966) de Jean Rhys, en las que se recoge la incapacidad de las personas blancas de aceptar la lógica influencia cultural que ejercían en ellas las personas negras.
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El enfrentamiento entre las poblaciones blanca y negra tuvo una de sus máximas expresiones en la rebelión de Morant Bay, que tuvo lugar en Jamaica en 1865. La rebelión de la población granjera negra contra la clase terrateniente blanca concluyó con la ejecución por parte del ejército de más de cuatrocientas personas, entre las que estaban Paul Bogle, un sacerdote baptista, y George William Gordon, un parlamentario negro.
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Aunque la población blanca siempre fue una minoría en la mayor parte de las colonias caribeñas británicas, tenían poder económico y social de sobra para encabezar los movimientos literarios y artísticos en sus fases iniciales. En la actualidad, la población blanca es aún más minoritaria y su poder es mucho más reducido. Muchos de ellos abandonaron la región, y solo un pequeño grupo continúa escribiendo o desarrollando otro tipo de labor de creación artística. En la generación literaria anterior destacan Jean Rhys y Phyllis Shand Allfrey, ambas de Dominica, y Geoffrey Drayton, de Barbados. En la generación más reciente se incluyen el escritor Lawrence Scott, de Trinidad, autor de varias obras narrativas, y Honor Ford-Smith, de Jamaica, poeta y fundadora del grupo teatral feminista jamaicano Sistren Theatre Collective.
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El siglo XX en el Caribe se caracterizó desde sus comienzos por los enormes flujos migratorios en respuesta sobre todo a la crisis económica. Este proceso se inició ya en las primeras décadas, tras una sucesión de huracanes que, en combinación con la sequía, puso en grave peligro la industria azucarera. A pesar del alto índice de desempleo, los dueños de las plantaciones preferían importar mano de obra asiática mediante contratos pseudoesclavistas antes que contratar mano de obra local con un salario aceptable.
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Esto provocó grandes olas de emigración del campo a la ciudad en territorios como Jamaica, Guyana o Trinidad. Además, en Jamaica y en las islas de Sotavento, cientos de personas, en su mayoría hombres, emigraron a Panamá para trabajar en la construcción del canal, y a Cuba o Estados Unidos para trabajar en las granjas como temporeros. Otros movimientos migratorios se dirigieron hacia las plantaciones de azúcar de Brasil.
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La emigración a la zona del canal de Panamá y a Estados Unidos supuso para los caribeños la toma de contacto con el mundo industrial y con las ideas republicanas, lo que tuvo importantes repercusiones posteriormente en el Caribe: gran parte de los líderes sindicales caribeños habían sido trabajadores en el canal y, además, el dinero que entró en el Caribe por esta vía sirvió para proporcionarles educación a las niñas y niños de las clases trabajadoras.
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Otra ola de emigración que tuvo consecuencias importantes en la zona fue el desplazamiento de tropas caribeñas a Europa con motivo de la primera guerra mundial. Esta experiencia supuso un desengaño para los soldados caribeños negros, que habían ido a luchar por el imperio con la convicción de que eran soldados británicos, solo para descubrir que, a pesar de su formación y educación, tenían un rango inferior a los soldados de Canadá, Australia o Nueva Zelanda, también ciudadanos del imperio pero blancos.
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Esto, junto con el contacto con las ideas marxistas que impulsaron la revolución rusa, se tradujo en una reacción contra la oligarquía colonial caribeña una vez que acabó la guerra.
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Este es el germen de los movimientos nacionalistas que finalmente iban a desembocar en la independencia.Los años de entreguerras fueron años de depresión económica y altas tasas de desempleo, pero también de intensa actividad política y cultural. Los movimientos independentistas de la India en los años treinta estimularon la conciencia política de la población caribeña de origen asiático, que se negó a continuar siendo explotada laboralmente. Además, la década de los treinta fue testigo de numerosas huelgas y manifestaciones por parte del sector industrial en Santa Lucía, Trinidad, Barbados y Jamaica.
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Estos acontecimientos sociales tuvieron un profundo impacto en los escritores caribeños de los años cincuenta, como George Lamming, John Hearne o V.S. Naipaul, que en esta época eran niños o jóvenes.
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Después de la segunda guerra mundial, se comenzó a consolidar una clase profesional negra y mulata que fue adquiriendo más poder en detrimento de la elite blanca. En esta época se desarrolló una clara conciencia de la educación como vía de acceso a un futuro mejor y, para esto, la mejor opción era conseguir una beca del gobierno para estudiar en una universidad inglesa. Este fue el camino que recorrieron gran parte de los escritores que empezaron a publicar en torno a los años cincuenta, como V.S. Naipaul, y también muchos de los políticos y profesionales que destacaron en la vida pública caribeña en los años previos y posteriores a la descolonización, como Eric Williams, primer ministro de Trinidad y Tobago tras la independencia.
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El acontecimiento político más destacable de esta época es la constitución de una Federación de las Indias Occidentales Británicas (Federation of the British West Indies). Esta Federación, que ya se había intentado constituir en ocasiones anteriores por el gobierno colonial con vistas a una administración más coordinada, sólo fue posible después de que las dos guerras mundiales crearan entre la población un sentimiento de identidad caribeña que les permitió atenuar la rivalidad interterritorial derivada de la insularidad.
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La Federación se inauguró en 1958 sin la participación de algunos países como Guyana (entonces aún la Guayana Británica), pero resultó un fracaso y se disolvió finalmente en 1962, dando paso a la primera fase de la descolonización.Tras el fracaso de la Federación y después de la independencia de los primeros territorios en 1962, surgieron nuevas rivalidades interterritoriales y llegó a peligrar la frágil alianza anticolonialista que se había consolidado entre las clases media y trabajadora. En este período se comienza a hacer evidente una fuerte presencia estadounidense en la política caribeña, que, en un territorio como Guyana se tradujo en gravísimos enfrentamientos raciales entre las poblaciones de origen asiático y africano, una tensión que continúa hoy en día.
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En los años sesenta la estructura social del Caribe se modificó profundamente. Junto con la nueva elite de color, apareció también otro colectivo social formado por las clases urbanas más deprimidas económicamente. En Jamaica el movimiento rastafari se convirtió en cierto modo en el símbolo de las reivindicaciones de este colectivo. El rastafarianismo, originalmente un movimiento religioso-filosófico aparecido en los años treinta y que preconizaba la vuelta a África como el verdadero hogar de la gente negra, se transformó en un movimiento más amplio de naturaleza sociopolítica que aglutinó el sentimiento de rechazo de los valores que sustentaban la sociedad poscolonial.
.Desde Jamaica se extendió rápidamente por otros países caribeños como Trinidad o Dominica, e incluso entre las comunidades negras de Estados Unidos, Canadá y Gran Bretaña.
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Su rechazo de la herencia cultural europea y su creatividad lingüística resultaron de gran atractivo para un buen número de escritoras y escritores que ya no se podían identificar con la imagen de la elite mulata surgida en los años cincuenta y que buscaban la autoafirmación racial. Con el acceso de las clases bajas a la educación, se comenzó a formar un grupo de escritoras y escritores que describían en sus obras las condiciones de vida de estas clases. Al mismo tiempo, estas se hicieron más visibles a través de la protesta social transmitida por expresiones musicales caribeñas como el calipso o el reggae (con Bob Marley como su exponente más internacional).
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En relación con este último género musical, apareció la poesía dub, que consiste en el recitado de versos cantados sobre un fondo instrumental de reggae. Sus principales impulsores fueron Linton Kwesi Johnson, jamaicano residente en Gran Bretaña, y Mutabaruka, en Jamaica.
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A comienzos de los años ochenta, el sentimiento de optimismo político que se respiraba en la región sufrió un duro revés con dos acontecimientos que tuvieron lugar en octubre de 1983: el asesinato del primer ministro de Granada, Maurice Bishop, a manos de miembros más radicales de su partido (el New Jewel Movement) y, menos de una semana después, la invasión de la isla, bajo la dirección de los Estados Unidos y con la participación de tropas de varios países caribeños.
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Desde el punto de vista económico, la situación no era demasiado buena tampoco, ya que los países del Caribe no fueron capaces de hacer frente a las enormes deudas internacionales contraídas durante los años setenta y se vieron sometidos a duras presiones por parte del Fondo Monetario Internacional.
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Además, la hiperexplotación turística de la zona se empezó a manifestar desde el punto de vista ecológico. El sentimiento dominante entre la población era el de estar siendo avasallada por un estilo de vida anónimo, basado en el consumismo feroz, y que tenía como resultado la desintegración cultural.
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De este modo, se produjo de nuevo una dispersión de caribeñas y caribeños que emigraron a Estados Unidos, Canadá y Europa en busca de mejores oportunidades económicas y culturales. Desde el punto de vista literario, lo más destacable de esta época es la aparición de voces literarias femeninas, tanto en la región como en la diáspora, que se nutrieron de una tradición creativa africana conservada no solo en el Caribe —con precursoras como Una Marson o Louise Bennett— sino también en el entorno afroamericano, donde autoras como Alice Walker o Toni Morrison estaban abriendo caminos importantes para las escritoras negras en todo el mundo.
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Durante la década de los noventa y los primeros años del siglo XXI, la situación en el Caribe continúa siendo similar a la de los años ochenta, si bien ha aumentado considerablemente la cooperación interterritorial. Cabe destacar la creación en 1994 de la Asociación de Estados Caribeños (Association of Caribbean States), con sede en Trinidad y Tobago y que agrupa a países, tanto insulares como continentales, de diversas expresiones lingüísticas. Esta Asociación fue creada por iniciativa del Caricom (Caribbean Community), que desde 1973 reúne a los países caribeños de habla inglesa junto con otros, como Haití y Surinam, además de contar con varios otros miembros asociados y observadores, entre los que se encuentran la República Dominicana, México, Venezuela, Puerto Rico y Colombia.
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La Asociación de Estados Caribeños pretende darle empuje a la economía de la región, bastante precaria y con una fuerte dependencia del exterior.
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Se trata de una iniciativa importante, ya que por primera vez se está haciendo un intento serio de superar barreras culturales y políticas existentes entre naciones muy próximas geográficamente. Por otra parte, el Caribe de habla inglesa sigue sufriendo una enorme influencia política y cultural de los Estados Unidos, tanto a través del turismo como de los medios de comunicación.
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Las escritoras y escritores denuncian constantemente en sus obras la falta de soberanía cultural y la necesidad de desarrollar modelos culturales autóctonos independientes.
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Miles de caribeñas y caribeños continúan estando dispersos por el mundo y, al mismo tiempo, fuertemente vinculados a su lugar de origen, aunque con el relevo generacional se produce una inevitable pérdida de identificación cultural con una tierra que, para muchas personas jóvenes que ya nacieron en Gran Bretaña, Estados Unidos o Canadá, ya no es su propia tierra, sino la tierra de sus madres y padres.
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